
Soy Francisco Javier Seguí García, de un pueblo del interior de la Marina Alta, al norte de Alicante, llamado La Vall de Laguar. Es un valle precioso, abierto al mar, un lugar que sin duda forma parte de mí.

Siempre he sentido curiosidad por la pintura. Hace tres años me apunté a clases y, desde entonces, prácticamente no he parado. Poco a poco fui descubriendo que pintar me hacía disfrutar, expresarme y desconectar de todo lo demás.
La verdad es que todavía me cuesta ponerle un nombre a mi estilo. Me gustan las pinceladas largas, enérgicas y llenas de movimiento, y sobre todo trabajar con colores muy vivos. Intento que mis cuadros tengan fuerza y transmitan alegría.

España está muy presente en mi manera de sentir el arte. Me atrae muchísimo la tauromaquia, o como yo la llamo, la tauromagia, y también siento una gran fascinación por los animales. Son temas que me inspiran mucho y que me permiten jugar con el color y la expresividad.

Intento transmitir diversión y vida. Para mí, pintar también es disfrutar, sentir y dejar que la emoción salga a través de los colores y las pinceladas.

Sí. Hay un toro lleno de colores muy vivos que me emociona especialmente cuando lo miro. También hay una cara de caballo que ha gustado muchísimo a la gente.
Pero, sobre todo, me quedo con que disfruté mucho haciendo ambas obras. Y creo que eso también se transmite cuando alguien las contempla.


Uno de mis mayores retos es conseguir encontrar, imprimir y plasmar en el cuadro aquello que tengo en la cabeza. A veces lo que imagino no resulta fácil de llevar al lienzo.
Intento no obsesionarme demasiado con ello y, sobre todo, divertirme mientras pinto. Creo que esa es mi mejor manera de superar las dificultades.

Mi futuro como artista lo veo, sobre todo, como una oportunidad para divertirme y disfrutar. Quiero seguir pintando, hacer amigos en el mundo de la pintura y aprender de otros artistas.
Y a los espectadores de artefantastisch les diría algo muy sencillo: apoyen el arte.
Detrás de cada pincelada hay una emoción, una historia y un momento vivido. Al final, de eso se trata: de conseguir emocionar a la persona que mira una obra y, si es posible, transmitirle un poco de felicidad.


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